EL PARTO Y LA MONTAÑA RUSA, ESE VIAJE DEL DOLOR A LA FELICIDAD

Bueno pues son casi las diez de la noche y desde las siete de la tarde tengo ya unas contracciones de diosteampare. La cosa para que se sitúen, es así: Hemos ido al hospital por la mañana y nos han mandado a casa, lo típico, a pesar de que yo, alma cándida, pensaba que mis contracciones mañaneras ya eran de parto. A las 7 pm han empezado las contracciones deverdad, de las de diosteampare, nos hemos subido al coche y estamos entrando en La Milagrosa. Yo apenas puedo caminar por los pasillos. Las monjas me miran con pena y los gritos de una parturienta sin epidural, rompen el silencio de la escena con la cadencia aterradora de una sierra eléctrica. La matrona Lilian, me hace pasar a la sala naranja, me inspecciona con mucha suavidad y me dice con dulzura: Cariño estás dilatada de casi dos centímetros. Ahí te derrumbas claro, caída libre. ¿Dos centímetros de mier….?. – Si, querida, una pena, pero aquí queda parto para rato. Aluvión de angustia en este orden: Diosmio, pero si ya no puedo más. Si esto duele como si me estuviera partiendo por dentro. Si me tiemblan las piernas. Si es que siento, de verdad lo siento, que si duele un ápice más, me voy a morir. Llamamos a Regina, mi gine y me da tres opciones. Ir a casa y esperar, cosa que no recomienda. Una inyección para aliviar el dolor y dormir un poco. ¿El riesgo?, quizá puede parar el proceso de parto, pero si no, me dice, cuando te despiertes estarás más dilatada. O ponerme la epidural del tirón, pero con lo poco dilatada que estás… En fin que me pongo la inyección. Previamente Lilian me da un baño relajante de agua caliente, que he de confesar, funciona, (lo de la bañera, no es una leyenda urbana). Aún así al límite de mi umbral de dolor, subo a la habitación y me pinchan, no sin antes pedirle a mi santo: por favor quédate vigilando… ¿el qué?, no se, son cosas del trance del dolor, por que, atravesar el dolor, es atravesar una nebulosa, entrar en una especie de trance, un camino que sabes, tienes que recorrer para llegar al otro lado, donde el alivio te espera y no hay forma de llegar, salvo atravesando ese dolor insoportable. Así que me pinchan, con todo esmero y cariño, porque Lilian parece sufrir tanto como yo. Cierro los ojos y el trenecito de la montaña rusa empieza a caer al vacío, en un agujero negro que se lo come todo, de forma que cuando quiero darme cuenta, abro los ojos y han pasado dos horas inexistentes. Miro a mi Santo y lo sé, he atravesado el túnel oscuro del sueño inducido, pero la anestesia se empieza a pasarse, el dolor me ha despertado y es oficial: es ya insoportable. Lilian me explora. ¡Ya estás de cuatro!. ¡Te podemos poner la epidural!. El anestesista entra y me dice: quédate muy quieta. Las contracciones han vuelto y os juro que estar quieta parece letalmente imposible, pero Lilian me sujeta, hago fuerza, respiro, pienso en la niña y le pido que no se mueva. Así soportamos dos contracciones más. El médico no tiene cara, todo se desvanece y sólo veo a mi matrona, que me dice: muy bien estás respirando muy bien. Me relajo, una sensación gélida recorre todo mi cuerpo y empiezo a temblar. Intenta dormir, me dice Lilian, está haciendo efecto la epidural y mi santo me coge la mano pero no tengo fuerzas. Cierro los ojos. Fundimos a negro. Los abro, no se cuanto ha pasado pero Lilian me vuelve a inspeccionar y grita: ¡8 centímetros!. De pronto el carrito de la montaña rusa ha cogido velocidad y caemos y subimos y volvemos a caer. Levanto los brazos y grito. Lillian me apremia ¡Vamos a empujar!. Entra Regina y todo ocurre con la suavidad de una coreografía de años de experiencia. Tumbada de lado, coloco mi pierna sobre su hombro. Regina sujeta toda mi confianza sobre su hombro. Mi santo me agarra emocionado. Y empiezo a empujar. Cojo aire y empujo. – ¡Empuja! ¡Ahora!. Y con cada empuja, siento que voy desprendiéndome un poco de mi misma. Suelto mi cuerpo, me lanzo, cada vez más fuerte, el túnel se cierra, pierdes el miedo. Empuja, escucho una vez más. Empujo como si mi vida entera fuera a pasar por ese agujerito. -Otra, ¡Empuja!. – ¡Acaba de pasar los Isquios!, grita Regina. Y entonces empujo y mi Santo grita: ¡Ya se le ve la cabeza!. Y Regina me mira y me dice: Ahora, sí que sí. Y entonces yo empujo una vez, una sola vez y siento que mi vida se desprende de mi, expulso el miedo, el dolor, el llanto, las dudas de todos estos años, expulso a una niña, la hija que yo era y con el llanto de un bebe que no soy yo, me convierto en mama. -Toma a tu hija, me dice Regina. Y la abrazo contra mi pecho. -Fíjate no hay sangre, alcanzo a escuchar, -No la vamos a dar ni un punto. La voz dulce de Regina se pierde en una nebulosa. Miro a mi niña, que busca mi pecho, mi Santo nos abraza, la montaña rusa se detiene. No lloro. Soy inmensamente feliz. – Que parto más bonito, las voces de Regina y Lilian una vez más se disuelven en la escena. Mientras mi Santo nos abraza con los ojos llenos de lágrimas, alcanzo a decirle a mi hija: Bienvenida.

 *Dedicado a Regina

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* Regina:

http://www.nacentia.com/blog/?p=654

Acerca de motherland mamífera

Virginia Mosquera Nació en Madrid en 1974. Graduada en CC de la Información, cursó un postgrado de tres años en la Escuela de letras, además de los seminarios “Story” y “TV Series” by Robert McKee. Escritora. Creativa. Guionista. Percusionista y recientemente, madre de dos hijos. En la actualidad trabaja como directora creativa en una agencia de publicidad. A veces, en la ventana, toca el ukelele.
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2 respuestas a EL PARTO Y LA MONTAÑA RUSA, ESE VIAJE DEL DOLOR A LA FELICIDAD

  1. Excelente, muy bien narrado, me parecio estar, ahí, hace poco fuí abuelo y mi hija paso por lo mismo, entonces me llega, porque los hombres a pesar de no sentir los dolores del parto, valorizamos a las mujeres, por este momento maravilloso, doloroso y sublime. Mis felicitaciones a esta joven y primeriza mamá, que supo plazmar tan bién este bello momento.

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