¿Y es buena?

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Cuando sacas a pasear a tu retoña recién nacida en fular, como no va escondida en un capazo como la mayoría, sino a la altura de la vista, a todas, y cuando digo a todas, quiero decir a todas, con excepción de un par de membrillas descarriadas, se les van los ojos a tu pequeñina; de hecho, puedes ver claramente cómo un gigantesco bocadillo se abre sobre sus cabezas donde se lee un “ooooooooooooh, por favoooor….qué cosa tan mona” clarísimo. Las más atrevidas te sonríen, unas veces a ti y otras al bebé, y luego te miran con expresión de complicidad. Ésas son las madres, lo ves en su forma de mirar, saltándose todo ese protocolo social, que impide mirar fijamente a un desconocido. Te miran como si supieran quién eres y por lo que has pasado, como si fuéramos agentes secretos del mismo bando, en plan “yo sé que tú sabes lo que se siente en este momento, yo también he estado ahí”. Y la verdad resulta reconfortante, porque te sientes como de la misma tribu, la tribu de las mamás que, calladamente y sin hacer mucho aspaviento, han pasado por los 9 meses, el parto, el enamoramiento, el primer mes, las dudas, los besos, las noches, las grietas, las fiebres, los ajos, los “ajustes” conyugales, las alegrías, los llantos, la guarde, la felicidad, la crianza. Otras, sin embargo, disimulan, pero miran de reojo, bien porque van con su pareja y no quieren que lo note, bien porque no se dan permiso a interactuar con sus propias ganas de tener un bebé en brazos, bien porque aún son jóvenes o porque desgraciadamente no pueden; a éstas últimas les sonríes tú, en plan “vamos, ya verás que todo irá bien, es cuestión de paciencia, a mí me pasó lo mismo”. Las embarazadas, también forman parte de este sutil entramado, felicianas y hormonadas te miran como si fueras el regalo abierto del que ellas son portadoras, y tú las miras con la promesa visible de un final feliz. Y así, sin decir una palabra, entras a formar parte de todo un complot sumergido de sonrisas y conversaciones mudas que practican las mamás, porque en el fondo estamos todas un poco solas y un poco perdidas, y tener algo parecido a una red de tu misma especie, que habla tu lenguaje y practica tu deporte, reconforta y apoya. Y luego están las Señoras. Esas señoras que salen a pasear, entraditas en años, con su olor a naftalina, su moño de peluquería y su cabello ralo teñido de un color imposible, a veces con cuidadora, a veces sin ella, a veces con andador y otras con bastón. Ojo con ellas, despídete del lenguaje sutil, que la maternidad quedó muy lejos. En un santiamén se te acercan con el pretexto de “¿cuánto tiempo tiene?”,  y para cuando quieres contestar (por supuesto calculando en semanas), ya le han puesto la mano encima. Esa mano que vaya usted a saber de dónde viene y adónde va. Y claro, no se les puede culpar, a esa edad ya no hay filtro; y, si todo ser humano siente la irrefrenable necesidad de tocar a tu bebé, con esa mano, repito, que vaya usted a saber dónde ha estado, las Señoras de pelo ralo no pueden resistirlo. En honor a la verdad, hay que reconocer que tampoco puede la portera, ni la del pan, ni la vecina de enfrente, ni la dependienta de El Corte Inglés, pero ellas se cortan. El secreto es no decirles ni mu. Porque en cuanto interactúas con alguna, ya estás perdida, le abres esa puerta, que parece permitir que toquen a tu bebé y le besen esas manitas, que a la primera ocasión irán a parar a la boca, con todo lo que ello supone. Esto puede llegar a ser súper-estresante, sobre todo cuando, en unos meses, ya has pasado dos laringitis y una gastroenteritis. Pero es lo que tiene un bebé, que es un milagro que todo el mundo necesita tocar. Yo lo que peor llevo es la preguntita de rigor: ¿Y es buena? -Pues claro, te dan ganas de decir,  -ningún bebé es malo por naturaleza, ¿o conoce usted algún bebé que sea un verdadero desalmado? -Disculpe, ¿quiere usted decir que si se adapta a la vida de un adulto como si fuera uno más? No, eso no, es un bebé, qué esperaba, tiene necesidades de bebé. Eso sí, como en todo acto de naturaleza popular, hay algo de sabiduría en la mayoría de las Señoras de pelo ralo y color imposible: todas, y cuando digo todas, quiero decir todas, excepto un par de membrillas descarriadas, se despiden advirtiéndote: “disfrútalo mucho, que pasa rápido”. Y vuelves a tu paseo por el parque y sin darte cuenta miras a la primera madre que te cruzas y le deseas profundamente: que lo disfrutes tanto como lo estoy haciendo yo, que me han asegurado las Señoras de pelo ralo y color imposible que se pasa volando.

Acerca de motherland mamífera

Virginia Mosquera Nació en Madrid en 1974. Graduada en CC de la Información, cursó un postgrado de tres años en la Escuela de letras, además de los seminarios “Story” y “TV Series” by Robert McKee. Escritora. Creativa. Guionista. Percusionista y recientemente, madre de dos hijos. En la actualidad trabaja como directora creativa en una agencia de publicidad. A veces, en la ventana, toca el ukelele.
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2 respuestas a ¿Y es buena?

  1. Imposible describirlo mejor!!! Que gran relato!❤

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