Socorro, qué le pasa

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Supongo que a todas nos ha pasado esto de… ¿porqué llorará sin parar?, lleva sin comer desde por la mañana, qué desesperación, no deja de llorar, sigue llorando, ¿qué hacemos?… vamos al hospital. Supongo que todas (y todos) hemos llegado a urgencias y nos hemos encontrado el aterrador plantel de virus, toses y otros fenómenos Poltergeist de la temporada otoño-invierno. Y supongo también que esto es el pan nuestro de una madre de carne y hueso, pero para mí, nueva en el cuartel, es la materialización de mi peor pesadilla. Cuatro horas en urgencias con mi bebé llorando a coro con los demás niños, sus toses, sus mocos y sus correspondientes, madres, padres y abuelas…  que también moquean, tosean y en algunos casos como el mío, hasta lloriquean.  Toda una tarde de pruebas de orina, oído, estómago, cabeza, pulmones, reflejos, incluso radiografías de escápulas o clavículas (ya ni me acuerdo), mientras las horas caen en forma de tormento sobre tu frágil conciencia de madre, que se pregunta qué ha hecho mal esta vez. ¿Habrá cogido frío el sábado cuando la saqué para ir a la pelu? (subtexto: quien me manda a mí ir a la pelu, si total llevaba 6 meses sin ir), ¿será porque ayer salió sin gorrito? (subtexto: tenía que haberle comprado un abrigo con capucha, aunque fuera más feo), ¿o porqué le di de mamar en tal o cual cafetería sin el abriguito? (subtexto: ¡no sé ni para que salgo de casa! Aaaaarg). Y mientras el reloj avanza, no puedes dejar de repetirte que estamos aquí por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpaaaaaaa. La sala de espera, es en realidad la Sala de la Culpa. Puedes leer la misma cara de autoflagelación en las otras madres, que también se preguntan lo mismo, mirando con preocupación a sus respectivos, hasta el punto, que no sabes quien tiene peor cara, el hijo, la madre o el padre. A todo esto, enfermeras de rostro pétreo van llamando al paredón a unos y otros, permaneciendo impávidas ante el terror con el que atravesamos la puerta de admisión, con nuestros hijos apretados contra el pecho, como si nos los fueran a quitar. Y ahí estamos la familia al completo, pasando la tarde. Cuando por fin la enfermera pétrea dice nuestro nombre, nos levantamos como un resorte, atravesamos la puerta y nos hace entrega de una bolsita para que J haga pis.—Déle de mamar y que haga pis —me dice—.  Pero si estamos aquí porque se niega a comer —contesto con sospechosa amabilidad—.  Pues tiene que comer —responde la pétrea—. Pues vale. Entro en la Sala de la Culpa y ahora también, por lo que me ha dicho otra mamá, de la Bronquiolitis, en un último intento por darle el pecho. La pobre J vuelve a llorar, así que voy a la enfermera. —¿Puedo darle de mamar tumbada en algún sitio? —pregunto—. Es que eso no lo hacemos aquí, —responde en un alarde de bordería—. Así que vuelvo a la Sala de la Culpa y ahora también de la Bronquiolitis, y la escena acaba así: sala llena de nenes tosiendo bronquiolitis pura por la boca, J tumbada en la cuna y yo volcada sobre ella, dándole de mamar con la teta derecha por el lado izquierdo, mientras al niño de al lado su familia al completo le canta rumbas, el del enfrente grita mirando hacia la meca y los demás lloran-tosen en una ola contagiosa, que da la vuelta a la sala, como si fuera un estadio olímpico. Miro a J y le digo: —Si comes un poquito nos vamos de aquí. Y… ¡milagro!, después de media hora más de rumbas y lágrimas, la nena se engancha, come y mea. Los United Colors of Parents, vamos, los padres de todos los colores de la Sala de la Culpa, van abandonando el lugar, mientras nosotros esperamos los resultados de estas y aquellas pruebas. Odio ser la última. Cuando por fin sale la doctora, un encanto todo hay que decirlo, nos suelta el veredicto más esperado del año. –No sabemos que le pasa, pero le hemos hecho todas las pruebas posibles y todas son negativas, no debe ser nada. Y nos vamos con la niña sonriente, cantando por la puerta. No sé si por puro agotamiento, el incierto diagnostico parece una bendición del cielo. No tiene nada, te repites camino al coche, qué bien, aunque como buena neomadre no dejas de preguntarte si no será una caja de Pandora, que en un par de días te estallará en la cara. En fin, hasta entonces buenas noches y buena suerte.

Acerca de motherland mamífera

Virginia Mosquera Nació en Madrid en 1974. Graduada en CC de la Información, cursó un postgrado de tres años en la Escuela de letras, además de los seminarios “Story” y “TV Series” by Robert McKee. Escritora. Creativa. Guionista. Percusionista y recientemente, madre de dos hijos. En la actualidad trabaja como directora creativa en una agencia de publicidad. A veces, en la ventana, toca el ukelele.
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