2013, el año que fuimos felices

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Carlos González (mi pediatra gurú) dice que debemos considerar la posibilidad de que la inmortalidad esté en los hijos, y puede que sea así, al fin y al cabo, la trascendencia está en lo que dejamos a nuestro paso. Yo siempre he pensado que todos venimos a este mundo con una misión secreta, tan secreta que muy pocos llegamos a conectarnos lo suficiente para escuchar esa voz interior que te susurra al oído, como si fueras un caballo, lo que necesitas hacer. Ya sea descubrir la vacuna contra el cáncer, hacer pan orgánico o vender discos indies, pasamos la vida buscando esa revelación. A mí me llegó después de parir. En “La Milagrosa”, empapada en fluidos, cuando Regina me pasó a little J y me dijo: – toma, tu hija. Fue como una de esas explosiones a cámara hiperlenta, que se empezó a expandir, inundando cada rincón de mi vida, hasta llegar a la imagen que hoy me proyecta el espejo. Toda una desconocida. Otra mujer, obsesionada con los virus y la temperatura, con superpoderes para ver los peligros que esconde hasta el más inofensivo objeto y oído de superhéroe; una talibana de la lactancia que, a la que se descuida va por la calle con media teta fuera, sin dormir y sin aparentemente miedo a nada, (cuando de su hija se trata, eh), porque es ante todo, una madre. Pero lo más raro de esta desconocida, que aparentemente soy yo, es ese hilo invisible que me sale del ombligo. No lo veo pero lo siento. Va desde mi ombligo hasta mi pequeña J. Un hilo que cuando te alejas tira tanto que te impide avanzar demasiado, hasta el punto que a veces no llegas ni a al cuna (lo que me hace sospechar, que por eso J acabó durmiendo en nuestra cama). Tira de tal manera, que si por alguna circunstancia se alarga demasiado, duele y pega tirones, para que espabiles a la cajera del Mercadona y atravieses la ciudad, haciendo saltar por los aires coches de policía, puestos de flores, comida china, incluso a Bruce Lee, si se pone por delante. Esta desconocida que aparentemente soy yo, vive en casa con mi Santo y mi hija desde hace 5 meses y una semana. Se comporta como una revolucionaria y algunos familiares y amigos la dan por perdida. Es definitivamente más valiente, más amorosa y aprecia más mucho más lo que le rodea, empezando, aunque él no lo crea, por su Santo, el hombre de su vida, el Papífero total. Gracias 2012 por regalarme un personalidad mejor, una revolución interna y una vida extra. Y sobre todo a mi pequeña J: Gracias a ti, tu padre y yo somos inmortales. Hola 2013, este año será recordado para siempre como el año que fuimos felices.

Acerca de motherland mamífera

Virginia Mosquera Nació en Madrid en 1974. Graduada en CC de la Información, cursó un postgrado de tres años en la Escuela de letras, además de los seminarios “Story” y “TV Series” by Robert McKee. Escritora. Creativa. Guionista. Percusionista y recientemente, madre de dos hijos. En la actualidad trabaja como directora creativa en una agencia de publicidad. A veces, en la ventana, toca el ukelele.
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2 respuestas a 2013, el año que fuimos felices

  1. sonia dijo:

    Cuanto te entiendo…gracias 2012. S

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