La Isla, una historia de bronquios, amor y locura

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Las cosas como son, la maternidad te vuelve un poco loca. De un plumazo reamuebla tu cabeza, con muebles nuevos mucho más suecos, funcionales y fáciles de limpiar, repartiendo los jarrones chinos y demás fruslerías al primero que pasa. Cosas que antes eran un mundo, las resuelves ahora con una mano mientras con la otra, limpias el culete, cambias el pañal y pones micosona. Sin ir más lejos esta última crisis, me hubiera hundido en las miasmas de mimisma y sin embargo, contra todo pronóstico, floto. Llevamos dos semanas en una isla que flota. La isla de casa. La broquiolitis es la culpable de nuestro exilio invertido. Ya van 14 días de encierro y mi aspecto no es muy diferente al de Tom Hanks en Náufrago, hablo con un balón, tengo barba de 30 meses y en algún momento le he dicho al portero, te llamaré Viernes. Las señales que llegan del exterior son débiles, apenas unos WatsApps de otras islas donde también cuecen habas (virus, humedades, penurias de otros exilios). Yo envío mensajes en botellas, señales de humo y hasta bengalas. A la angustia por la enfermedad de la pequeña J, que grita por las noches agarrada a la lámpara (la medicación la excita un poco), y al pavor al hospital, se suma la morriña. Extraño mucho el mundo exterior. En total habré abandonado la isla 4 veces. Dos para ir al pediatra, y otras dos para visitar al farmacéutico, mi nuevo mejor amigo, confidente, compañero… En mis breves visitas, sostenemos espléndidas charlas sobre nebulizadores, aerosoles, gotas… a punto estuve de mencionarle el otro día que llevaba vaqueros nuevos, que mira tu qué bien y eso, (son una talla menor), pero me retrotuve. Hice bien. Cogí las medicinas y salí como un cohete a abrazar a mi pequeña, rezando en arameo para que se cure, que se cure por favor, no soporto verla así, ni a ella ni al papífero, (como era de esperar, hemos sucumbido al virus). Hoy día 15, creo que estamos saliendo de esta. A la tos de descargador de muelles de hace unos días, le va precediendo un sonido más seco, limpio, casi primaveral (suena el Aleluyah de Haendel). Puede que en poco tiempo podamos abandonar la isla. Quiero agradecer a las abuelas y sus tuppers (Dios bendiga esos tuppers), a las amigas y sus WatsApps (viva vosotros) y por supuesto al colega de la farmacia. Estamos saliendo de esta, pero la cordura…, querido Viernes… no te digo yo, que por el camino, hayamos perdido alguna de esas estanterías modulares Billy que tan ordenada nos mantenía la salita mental.

Acerca de motherland mamífera

Virginia Mosquera Nació en Madrid en 1974. Graduada en CC de la Información, cursó un postgrado de tres años en la Escuela de letras, además de los seminarios “Story” y “TV Series” by Robert McKee. Escritora. Creativa. Guionista. Percusionista y recientemente, madre de dos hijos. En la actualidad trabaja como directora creativa en una agencia de publicidad. A veces, en la ventana, toca el ukelele.
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5 respuestas a La Isla, una historia de bronquios, amor y locura

  1. Anónimo dijo:

    pobre j, y pobre tú ( y papifero también). Comienza esa bonita etapa de “malvenido mr.virus”. Y como es de esperar, por lo menos a mi me pasa, tú también lo coges (aunque es lo de menos, lo pero es verles asi)
    Qué gracia, yo también me he hecho una nueva amiga farmacéutica. Más maja que las pesetas, de verdad, es de un tranquilizador ( y mira que va apurada la pobre. más que nada por la generalitat que no paga).
    Veo por la foto que estás bien surtida, ¿sacamocos? un asco pero con tal de que desaparezca todo lo que les hace sufrir…pobrecitos… a nicolás le tuve que poner la mascarilla con el ventoline, que les acelera que no veas…daba una cosita… Por no hablar del apaño para que durmiera algo incorporado… prueba-error, prueba-error, asi estaba todo el rato…
    Ánimo, los virus se van, ya queda menos. Y J se pondrá fuerte. Y tú con ella.
    besos

  2. Pingback: Hey ho lets go! |

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