Esto es lo que pasa cuando abres #Motherland:

 

Son las cinco de la mañana. Abres un ojo y luego otro. Tu bebé duerme con la cabecita apoyada sobre tu pecho, que ahora es una almohada gigante. Es enero, un frío blanco cubre las calles como si alguien hubiese desplegado un grandísimo edredón de Ikea. Enero es el mes de las promesas. Un mes en el que todavía nadie se ha defraudado a sí mismo. Un mes en blanco que amanece cada mañana intacto, como una página por escribir. Te levantas. Has decidido que hoy empiezas a escribir. Es tu promesa de cada año, pero este año, en concreto, lo vas a hacer porque por primera vez en toda tu vida —¡por fin!— tienes —o eso crees— algo que contar y, lo que es más importante, una editorial y una fecha de entrega. Hace unos tres años que empezaste a escribir en alguna parte de tu cabeza Cartas a la madre que será mi hija, una especie de legado para cuando tu pequeña Jota decida —si es que lo decide— meterse en este lío de la maternidad. Pero el tema es que tienes que terminarlo, corregirlo e imprimirlo a tiempo antes del 1 de diciembre. Parece una buena idea justo ahora que no tienes tiempo para nada. Es como si al camarote de los hermanos Marx hubieras invitado a cenar a los teleñecos, que se han venido con los Greatfull Dead. Menudo fiestón. Desde que nacieron los niños, el único espacio que encuentras para llenarlo solo de ti son estas horas extrañas arañadas a la madrugada. Odias madrugar, pero aquí estás, buscando tu hueco y de paso las gafas, para no pisar restos de galleta o algo peor, un lego. El salón es un campo devastado tras la batalla diaria. Vivir con niños es así, un rompecabezas que hay que terminar todos los días —aunque no siempre encaje de la misma manera—, para empezarlo de nuevo al día siguiente. Como el telar de Penélope, pero con Ulises ya en casa viendo el partido. Un delicioso silencio lo inunda todo, salpicado por el ruido de las viejas cañerías de mi casa, que repiquetean como una máquina de escribir antigua, eso y las respiraciones acompasadas de los que tienen el exótico privilegio del sueño nocturno. Gael duerme junto a la pequeña Jota, que sonríe desde el estribillo de una canción de Julie Andrews. Sus maravillosos tres años están repartidos por las paredes en su cuarto, dentro de unos marquitos de madera, que atestiguan que es una niña feliz. Teo, por su parte, descansa como un angelote en nuestra cama de matrimonio, porque desde que nació, hace ahora cuatro meses, la cuna no la toca ni con un palo. Mis hijos son así, o quizá la que es así soy yo. Continuar aquí

Acerca de motherland mamífera

Virginia Mosquera Nació en Madrid en 1974. Graduada en CC de la Información, cursó un postgrado de tres años en la Escuela de letras, además de los seminarios “Story” y “TV Series” by Robert McKee. Escritora. Creativa. Guionista. Percusionista y recientemente, madre de dos hijos. En la actualidad trabaja como directora creativa en una agencia de publicidad. A veces, en la ventana, toca el ukelele.
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